Ser asertivo permite comunicar necesidades, opiniones y límites de manera clara sin caer ni en la pasividad ni en la agresividad. En el entorno laboral, sin embargo, hacerlo puede resultar especialmente difícil: no solo nos relacionamos con compañeros, sino también con jerarquías, expectativas, evaluaciones y posibles consecuencias profesionales.
¿Qué significa realmente ser asertivo en el trabajo?
La asertividad no consiste en conseguir siempre lo que queremos ni en decir todo lo que pensamos sin filtros. Significa expresar nuestra posición respetando al mismo tiempo nuestros derechos y los de la otra persona. Tampoco equivale a ser dominante. Una persona agresiva intenta imponer su posición ignorando, intimidando o descalificando al otro. Una persona pasiva, en cambio, puede renunciar sistemáticamente a expresar lo que piensa o necesita para evitar la tensión.
La asertividad intenta mantener ambas cosas a la vez: «Esto es importante para mí» y «puedo expresarlo sin atacar». En la práctica, puede significar decir que no a una tarea cuando realmente no podemos asumirla, pedir instrucciones más claras, señalar un comportamiento que consideramos inapropiado, discrepar de una decisión durante una reunión o solicitar que se reconozca nuestra contribución a un proyecto.
También implica distinguir entre explicar nuestra posición y justificarnos indefinidamente. Por ejemplo: «Ahora mismo tengo estas dos prioridades. Puedo encargarme de esta nueva tarea, pero necesitaríamos decidir cuál de las anteriores posponemos». No estamos rechazando necesariamente la petición. Estamos comunicando de forma explícita cuáles son las condiciones reales en las que podemos atenderla.
¿Por qué nos cuesta tanto decir lo que pensamos?
El problema no suele ser desconocer las palabras.
Muchas personas saben perfectamente cómo podrían expresar un límite cuando imaginan la conversación desde casa. La dificultad aparece cuando tienen delante al jefe, a un compañero con carácter dominante o a alguien cuya opinión puede influir en su futuro profesional.
Entonces aparecen preguntas como:
- «¿Pensarán que no estoy comprometido?»
- «¿Pareceré conflictivo?»
- «¿Y si dejan de contar conmigo?»
En esas circunstancias, permanecer en silencio puede parecer la opción más segura.
Esto introduce un matiz fundamental: la falta de asertividad no siempre es simplemente una carencia individual. Hay organizaciones donde discrepar se castiga, señalar errores tiene consecuencias o determinados superiores reaccionan de manera defensiva. En esos casos, pedir a alguien que «sea más asertivo» sin revisar el entorno puede acabar responsabilizándolo de un problema que también pertenece a la organización.
La seguridad psicológica importa más de lo que parece
La asertividad depende parcialmente de nuestras habilidades, pero también del lugar donde intentamos utilizarlas. Un empleado puede aprender a decir: «No puedo asumir esta tarea sin retrasar otra». Pero si cada vez que lo hace recibe amenazas, burlas o represalias, el problema difícilmente se resolverá únicamente entrenando su comunicación.
Cómo poner límites sin convertirlos en una confrontación
Uno de los errores más frecuentes consiste en esperar hasta estar completamente saturados. Después de aceptar siete peticiones que queríamos rechazar, la octava puede recibir toda la frustración acumulada. Por eso, poner límites suele resultar más sencillo cuando empezamos antes. Una fórmula útil consiste en describir la situación, explicar nuestra posición y plantear una alternativa concreta.
- Por ejemplo: «Entiendo que esto es urgente. Hoy tengo que finalizar el informe y preparar la presentación. Si hago esto ahora, una de esas tareas tendrá que pasar a mañana. ¿Cuál priorizamos?». El mensaje evita tanto el «sí» automático como la confrontación.
- También conviene utilizar expresiones específicas. Decir: «Nunca respetáis mi tiempo». invita fácilmente a una discusión sobre si ese «nunca» es cierto. En cambio: «Esta semana me habéis pedido tres tareas fuera del horario previsto y necesito que revisemos cómo organizarlas», plantea un problema mucho más concreto sobre el que conversar.
Decir «no» también puede ser asertivo
Aprender a tolerar la incomodidad forma parte de la asertividad. Decir que no puede producir culpa incluso cuando el límite es razonable. Pero que una conversación resulte incómoda no significa automáticamente que la hayamos gestionado mal. La asertividad no busca eliminar cualquier sensación desagradable. Busca que podamos expresar nuestra posición sin tener que desaparecer de la conversación ni atacar a la otra persona.
¿Puede entrenarse la asertividad?
Sí. Como otras habilidades interpersonales, la asertividad puede practicarse mediante la identificación de situaciones difíciles, el ensayo de respuestas, la exposición progresiva a conversaciones incómodas y la revisión de los pensamientos que aparecen antes de expresarnos.
Un estudio realizado con enfermeras comparó un programa específico de entrenamiento asertivo con un grupo de control y observó cambios favorables en variables como el comportamiento asertivo y determinados aspectos relacionados con la comunicación. Sin embargo, se trataba de un estudio relativamente pequeño y realizado en un contexto profesional concreto, por lo que sus resultados no deberían generalizarse sin cautela.
Otro trabajo de viabilidad con 22 enfermeras encontró una pequeña mejoría en las puntuaciones de asertividad después de un entrenamiento breve, aunque no se observaron cambios significativos en estrés laboral o malestar psicológico. Los propios autores subrayaron la necesidad de estudios controlados y seguimientos más largos.
Esto recuerda algo importante: ser más asertivo no resuelve automáticamente todos los problemas laborales. Una persona puede comunicarse perfectamente y continuar trabajando en un ambiente con sobrecarga, mala gestión o relaciones hostiles.

